La tarde de terror vivida el pasado domingo 25 de enero en el polideportivo de Quinsaloma ha tomado un giro determinante tras las primeras investigaciones de la Policía Nacional. El asesinato de Inés, Jessica y Cinthia Morán Ramos (madre y dos hijas) apunta, según las autoridades, a una ejecución selectiva motivada por actividades ilícitas previas.
El nexo con el tráfico de sustancias
Aunque el ataque ocurrió a plena vista de ciudadanos que realizaban actividades deportivas, los agentes de la Dirección Nacional de Delitos contra la Vida (DINASED) confirmaron un dato clave que redirecciona el móvil del crimen: las tres víctimas registraban antecedentes penales por tráfico de drogas.
Este historial delictivo es el eje central de la investigación actual. Para los peritos de Criminalística, el nivel de violencia utilizado y la precisión del ataque —dirigido directamente al puesto de comida donde laboraban las mujeres— refuerzan la teoría de un ajuste de cuentas entre bandas dedicadas al microtráfico en la provincia de Los Ríos.
Un ataque ejecutado con precisión
Eran aproximadamente las 17:00 cuando el ruido de armas automáticas interrumpió la jornada. Inés (52 años) y sus hijas Jessica (32) y Cinthia (35) no tuvieron oportunidad de reacción. El reporte policial destaca que:
El ataque fue directo y planificado. Se utilizaron armas de alto calibre, dada la cantidad de vainas percutidas recolectadas en la escena Los sicarios huyeron inmediatamente, aprovechando el caos generado en el polideportivo.
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El contraste entre el vecindario y la ley
Mientras la comunidad local recordaba a las Morán Ramos como mujeres trabajadoras que frecuentaban el polideportivo para vender alimentos, los registros judiciales cuentan otra historia.
Para la Policía, este contraste es común en zonas donde el tráfico de sustancias se camufla tras actividades lícitas de fachada.
Hasta el momento, las unidades de inteligencia continúan con el rastreo de cámaras de seguridad y la toma de testimonios para dar con el paradero de los verdugos.
Por ahora, el silencio y la zozobra imperan en un cantón que ve cómo el crimen organizado no respeta ni los espacios familiares.



