Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Génesis 11:4-7.

Después que el diluvio hubo terminado, Dios envió a los hijos y nietos de Noé en todas direcciones a poblar la tierra, pero Nimrod, un diestro cazador y poderoso caudillo, los reunió en Sinar y reinó sobre ellos. El tirano los puso a trabajar en la edificación de una torre tan alta que los librara de otro diluvio si Dios volviera a enviar las aguas, y que representara su grandeza. Podían pecar a gusto y servirlo solo a él. La gente se alegró. Podrían hacer lo que se les antojara sin rendir cuentas a nadie. Nadie pensaba en otro diluvio. Dios tampoco. Como un solo hombre emprendieron la monumental tarea. Nimrod se regodeaba en su trono.

Pero cuando la torre se acercaba a las nubes, todo se trastornó. Los arquitectos diseñaban columnas y los ingenieros levantaban muros. Los albañiles pedían ladrillos y los ayudantes les daban madera. Cada quien hablaba a su compañero y nadie parecía entender. Ciego de ira, Nimrod llamó a sus cortesanos, pero se habían ido. Todos corrían de aquí para allá, buscando a alguno que les entendiera. La multitud se había dividido en un mosaico de sonidos. No hizo falta voltear la tierra al revés, no fue necesario anegarlos en agua; el simple toque de unas neuronas del hemisferio izquierdo frustró el proyecto.

Agrupados por el idioma, los impíos se fueron en todas direcciones, mientras el tirano intentaba juntarlos y someterlos otra vez. La torre quedó desierta y se convirtió en refugio de fieras y alimañas.

Dios tiene recursos infinitos para proveer lo que sus criaturas necesitan, y también tiene recursos de sobra para castigar la rebelión. Que Dios te conceda hoy infinitas bendiciones porque te ama, y porque tú lo amas y le obedeces.